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ATERRIZAJE
Siento que no ha sido el primero ni tampoco el último pero todo mi hastío, mi frustración, mi lado oscuro ha desaparecido durante unos días. La despreocupación total, la libertad absoluta de hacer lo que te plazca conlleva la inherente necesidad de entrar en la rueda de nuevo, de volver a la maldita cotidianeidad.
Se trata de un placer que se disfruta de forma efímera, pero esa intensa brevedad provoca el olvido de todas las insatisfacciones, carencias y restricciones diarias. Es un tiempo de reencuentro, de felicidad, de volver a casa, de sentir que el tiempo no pasa y que nos encontramos en un estado eterno y perpetuo sin cambios aparentes, donde todas las variantes se repiten a excepción del lugar. Año tras año parece que no cambiamos, que todo es igual y quizás sea así pero escarbando en las profundidades de nuestros seres y en momentos predispuestos para ello vemos o intuimos los problemas de los otros. Todos tenemos problemas, eso es evidente, unos mayores, otros menores y algunos insignificantes, pero preferimos reservarlos para momentos menos jubilosos.
La sensación de pérdida que se siente tras esa montaña rusa nos lleva a vagar como almas en penas por nuestros días ordinarios hasta que de repente aterrizas en la verdadera realidad: todo ese escenario que envuelve nuestro quehacer diario. Ya no hay sensación de pérdida o abandono. Empezamos a recordar esos días vividos como una ficción, como algo que parece que no ocurrió sino que es producto de nuestra mente aderezado por historias y anécdotas que alguien nos contó y que ahora las hacemos propias. Es algo cíclico, todo lo que está en el aire necesitó de un soporte para elevarse. La euforia y el abatimiento son dos extremos del mismo espectro, una no es nada sin el otro. Por ello, es preferible disfrutar cada momento conforme marca su propia naturaleza: que la alegría y la felicidad se hagan eternas durante un corto espacio de tiempo y que la tristeza sea lo mas breve posible durante su estancia. Francisco Javier Romero Ruiz.
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