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Aquella mañana.
Aquella mañana de abril no fue distinta a las demás. Un finísimo hilo de luz le hizo reencontrarse con la realidad. Era lunes, pero Joan no lo sabía, para él no era más que otro despertar doloroso, otro pinchazo insoportable a la altura de la frente que le recordaba lo evidente, la noche anterior había vuelto a tratar de solucionar sus problemas en la barra de un bar, había visitado de nuevo su otro mundo, aquel en el que las cosas no son lo que parecen y Joan construye sus sueños hablando con la oscuridad, bajo la luz de una farola o en los baños de cualquier antro de mala muerte. En contra de su deseo, abrió los ojos. Su minúscula habitación seguía en su mismo estado de caos habitual. Sus viejos playeros reposaban llenos de barro junto a la papelera, la chaqueta de ante marrón que le había regalado Elena yacía tirada en el suelo, su lugar preferido, justo al lado del último y vacío envase de paracetamol que le quedaba, los vaqueros... otra vez en su sitio, puestos, haciendo las veces de un poco confortable pijama... Joan se incorporó al mismo tiempo que un vahído de alcohol le llegaba a donde más se siente, al cerebro, y le provocaba unos ya rutinarios deseos de vomitar. La casa estaba en calma, sus compañeros debían de estar trabajando. Joan vivía en un minúsculo pero coqueto apartamento del barrio gótico de Barcelona, el cual compartía con Johan y Liz. Johan era holandés, un tipo raro que había llegado huyendo del frío para pasar unos días y se había quedado prendido por esa extraña atmósfera barcelonesa que embelesa y atrapa como ninguna a su visitante. De lunes a viernes trabajaba de economista para una empresa extranjera situada en la zona franca pero, una vez llegado el fin de semana, solía unirse a Joan para tomar unos tragos y disfrutar de la noche. A pesar de su aspecto frío y calculador, de economista de oficina, a Johan le encantaba pasarse horas y horas charlando, tratando de arreglar el mundo y aún le gustaba más hacerlo en el Kentucky, un antiguo bar de pescadores del Raval donde se creaba un ambiente único, curioso y encantador. Allí, Johan y Joan habían gastado (y seguían haciéndolo) incontables horas de su vida, siempre borrachos y pocas veces callados. Luego estaba Liz que era inglesa y, como buena británica, era otra cosa. No tenía problemas con sus compañeros, pero sentía pena de sus tristes existencias, de su incapacidad para encontrar un sentido a la vida. Ella, sin embargo, se consideraba feliz, trabajaba poco y ganaba mucho. Tenía un novio, Pep, un catalán de buena familia que era el único de los dos que creía, o quería creer, en aquella relación. Liz le apreciaba, pero sentía una especial atracción por el cambio, un incontrolable deseo de probar cosas nuevas que se traducía en una lluvia de amantes difícil de seguir. Ella podía, guapa y seductora, sus delicadas curvas y sus sensuales atributos resultaban atractivos para cualquiera. Para Joan también, pero él nunca había sido suficiente para ella. Su condición de escritor le era interesante, pero Joan no era ni mucho menos el típico escritor de éxito. Con 23 años había elaborado una novela deliciosa, crítica y público le habían acogido como la nueva revelación de las letras catalanas, un creador genial, rompedor, original hasta el extremo pero coherente. Aquel año fueron pocos los premios literarios que se le escaparon. Las editoriales se pelearon por él como nunca jamás se había visto en el prolífico escenario catalán. Además, de aquella estaba con Elena, una asturiana preciosa que le serenaba y hacía feliz y que, sólo mucho tiempo después, cuando ya era demasiado tarde, se daría cuenta de lo importante que era en su vida. De hecho, desde que ella se había ido a Argentina, adulada por la labia de un maldito porteño que se la robó, Joan no había vuelto a poder escribir. Bueno, sí que lo había hecho, todos los días, pero ya nada le satisfacía, aquello se había convertido en una obligación, en una profesión, ya no era aquel placer que sentía un joven soñador que sólo trataba de contar lo que veía, lo que olía, lo que le rodeaba..., lo que vivía. Los tiempos en los que la inspiración era su mejor aliada habían pasado a mejor vida. Cada palabra, cada adjetivo, tardaba en aparecer, como si estuviesen acomodados en un recóndito lugar de su intelecto del que no quisiesen salir. Quizás es esa parte del cerebro donde se esconde esa cosa llamada creatividad y que necesitamos de una fuerza especial para poder llegar a ella, un estado del ánima que vaya más allá de lo racional, donde lo consciente se junta con el subconsciente. Pero eso ya no le pertenecía, le resultaba incluso lejano y extraño, como si nunca lo hubiese podido alcanzar. Joan llevaba cinco años sin publicar nada. Su editorial, harta de esperar, le había abandonado. Su mundo carecía de sentido, y puede que no fuese tanto por Elena, sino porque se sentía incapaz de hacer lo único que le llenaba, aquello que desde pequeño había soñado, aquello que conseguía que la realidad no fuese sino un mar donde pescar historias, un ente que le proporcionaba argumentos para seguir creando, para seguir habitando en una dimensión desconocida y placentera. De ahí que Joan se hubiese refugiado en la bebida y de ahí que estuviese allí, un lunes de abril de 1999, sentado en el borde de su cama, mirando tembloroso la siempre encendida pantalla de su ordenador y maldiciendo su cobardía, su impotencia para haber escapado, una vez más, de las garras de la noche.
Pablo López Gil
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