// RELATOS // QUICIO
UN SIMPLE HOMBRE


Una mañana como otra cualquiera, pero a Pedro de Salamanca le parecía hermosa. Se había levantado con los primeros rayos del día, cuando el sol parecía desperezar sus rayos en el horizonte tímidamente, como él en su camastro. Rezó sus oraciones y dio gracias a Dios por el sueño que había tenido. Al salir por los pasillos de la abadía, de altas bóvedas apuntadas casi tenía que andar a tientas aún, pues se trataba de un patio interior por el que empezaban a asomar algunas luces. El verde intenso de los árboles que allí había parecían celebrar, agitando las ramas de la copa, aquel don diario del cielo. O al menos así se lo parecía a Pedro mientras lo miraba unos instantes. De súbito tuvo una suerte de presentimiento. Apresuró el paso para subir a lo alto del campanario, como era su obligación. Allí pudo ver cómo el sol se alzaba ya por el horizonte desbordando, inundando de un naranja rosado –o un rosa a anaranjado-  unas pequeñas nubes que flotaban tan sólo un palmo por encima de los montes, celebrando la Creación. El espectáculo le emocionó profundamente, y rezó de nuevo justo antes de hacer tañer la campana con todo el vigor de su fe. En su corazón estaba gritando buenos días al mundo y eso significaba para él el tañido, como un formidable grito que recorría la llanura.
Contempló cómo el espectáculo se difuminaba a medida que se abría paso el día. Los primeros hermanos se habían levantado y se dirigían hacia la sacristía para maitines. Deseaba que el momento de las oraciones pasara pronto y pedía perdón por ello. Y es que quería ir corriendo a la biblioteca pero, esta vez, no para seguir copiando libros. Siempre había llevado a cabo tal menester. No es que estuviera cansado: es que aquella noche había tenido una revelación. Deseaba hacer partícipes a todos sus hermanos de su experiencia, que tanto júbilo le producía. Celebraba cada encuentro con un: “Buenos días hermano tal... buenos días hermano cual... buenos días hermano Pascual...” sonoro y decidido. Y a quienes le preguntaban por su sonrisa, les contaba el amanecer que había visto, pero no lo que al amanecer había vivido.
Tras el breve desayuno de costumbre, que a Pedro no habría de llegarle nunca al estómago por la emoción, cada cual se dirigió a llevar a cabo sus tareas. Casi corriendo se lanzó sobre su pupitre. Había estado trabajando los Magna Moralia de Aristóteles que por fuentes moras les legaron para su traducción y copia. Ya hacía tiempo que lo había traducido, aunque no recordaba cuánto, y desde entonces hacía él mismo la copia para la abadía  más, por ende, tampoco sabía desde cuándo. Pero su revelación no tenía nada que ver con su tarea, ni con nada de lo que le rodeaba. En su sueño había visto a el Cristo cargando costales de judías –blancas, por cierto- en lugar de la cruz que desde siempre decía haber llevado. Un saco de judías, qué locura, ¿cómo pudo soñar tal cosa? No comprendía cómo, le importaba el porqué y cuántas judías cargaba. Comenzó a buscar en la Biblia  y no halló lo que esperaba. Pronto se sintió desbordado por la curiosidad, por lo que llevó sus ojos hasta los evangelios apócrifos en busca de una respuesta. Allí era donde estaba escrito el hecho –como en adelante se referiría – y donde tendría que encontrarse la respuesta a la pregunta que el Cristo le había formulado en su sueño. Por qué esa pregunta y no otra era cosa que solo a Dios le era dado saber y, por lo que a él se refería, era simplemente artículo de fe. Asumía que se trataba de la prueba que Dios había dispuesto para él.
Pasó no un día, sino muchos e incontables en la biblioteca de la abadía. Mantuvo en todo momento los volúmenes del Magna Moralia sobre la mesa, por si alguien preguntaba, justificar sus búsquedas y diligencias por referencia a su estudio. Lo mantuvo, pues, en secreto porque sabía que le tomarían por loco. Comprendía que tarde o temprano se sabría y como poco le pondrían el San Benito, por un pobre loco... y tal vez, como pensaba en las horas más sombrías, alojado en el seno de Dios, quizá la hoguera. En contra de lo que pudiera pensarse, esta idea, lejos de entristecerle, le iluminaba el ánimo. Le daba fuerzas para continuar su búsqueda incesantemente. No comía, ni aun menos desayunar por lo que cada vez le costaba más tirar de la cuerda para hacer sonar la campana cada mañana. Hasta que un día la campana no sonó porque ya no tenía fuerzas para hacerlo y tuvieron que relevarle de dicha tarea. Y sólo tenía fuerzas para responder a una pregunta. Se había introducido en el mundo de la cábala para hallar el código secreto que le daría una cifra exacta. Pero ya casi no le dejaban trabajar. Le habían hecho acompañar de un novicio. Le vigilaba, no porque sospechasen de él, sino porque sus hermanos estaban preocupados por él: le rogaban que comiera, que descansara, que no trabajase en exceso... al menos nadie le había preguntado qué estaba haciendo.
Llegó un día, el día, podríamos decir, en que el Abad preocupado también por la salud de su hermano que estudiaba de sol a sol, se acercó hasta la biblioteca para ver qué era lo que se estaba bebiendo su vida. Nadie podía sospechar lo que el Abad encontró: un manuscrito donde se hallaba el relato de su sueño con todo detalle, escrito el mismo día que tuvo lugar; los evangelios apócrifos sobre el pupitre, pues no tenía fuerzas para cargarlos hasta su estantería y ocultar así su verdadera tarea; y páginas y más páginas de anotaciones, y cuentas junto con el único libro sobre la cábala que había en la biblioteca. Sentado en su lugar, esperó a que Pedro llegara allí arrastrando sus piernas como cada día. Estaba dispuesto a desatar sobre él todas sus iras, pero al verle asomar de su hábito como el primer brote que sale de un tiesto, inspiró tal compasión en él que  tan sólo le dijo: “Tengo que informar sobre esto”. Le ayudó a sentarse en su lugar y le dejó entre los libros visiblemente apesadumbrado.
Pedro, en cambio, estaba sonriente y feliz, en absoluto afligido. En ese momento había comprendido que iba a encontrar la respuesta a su pregunta ese mismo día. Así, sin pensar en lo ocurrido, poniéndose en las manos de Dios, comenzó el fin de sus estudios. Cuando la luz del mediodía entraba  de lleno por los ventanales de la biblioteca había terminado. Tomó aire y se dejó calar por el olor a primavera que ascendía por la ladera hasta la abadía, que se hallaba en lo alto de un monte en medio de la nada, o en medio de todo, según se mire. El sol le daba de lleno e iluminaba de pleno su sonrisa: sentía que Dios le reconocía en ese momento.

***

No pasaron muchos días desde el de su descubrimiento. La comitiva inquisitorial llegó también hacia el mediodía. Avisaron a Pedro de su llegada en seguida. Estaba postrado en cama desde entonces, ya sin fuerzas por completo y para todo menos para seguir sonriendo a sus hermanos, a la vida, a la Creación. El juicio tendría lugar a la mañana siguiente, según se había dispuesto. Le encerraron en su estancia para poder interrogar al margen a todos sus hermanos, para informarse sobre su conducta. Ninguno de ellos daba crédito a lo sucedido, no alcanzaban a comprender porqué había hecho aquello... y acto seguido alababan todas sus virtudes, pues todos estaban de acuerdo que eran muchas.

- A ver, hermano, decidme... ¿En qué habéis estado ocupando estos últimos meses?.
- Al estudio de las Santas Escrituras, señor.
- ¿Consideráis que los Evangelios Apócrifos son  también Santas Escrituras? Sabed que hemos sido llevados hasta vuestro pupitre y han sido encontrados allí entre otros libros...
- Sí, también estaban allí la cábala y mis cábalas.
- ¿Y admitís también que esos libros son Sagrados?
- Sí, señor, si han sido escritos por hombres sabios e Iluminados por Dios.
- ¿Y creéis que en efecto los están?
- Sí ,lo creo.
- Ya... ya... ¿también lo están sus escritos?- preguntó con aire distraído.

Pedro dudó unos instantes sobre cómo responder a esa pregunta. Acto seguido dijo resueltamente:
- Sí. Si el hecho no me hubiera sido revelado, no me habría encomendado a esta tarea con toda mi alma, señor. No habría encomendado mi alma a tarea alguna que no me hubiera sido ordenada por Nuestro Señor.
- A ver... vayamos por partes... Cuando decís la tarea, os referís a la pregunta, ¿es eso?.
- Sí, así es.
- Bien, ¿pero cómo sabéis que ha sido Dios y no el diablo?.
- Porque fue él mismo, en persona, quien me encomendó la tarea entonces
- Entonces... –le interrumpió-, quiere decir en su sueño, ¿no?.
- En efecto, sí. Ya habrán leído mi testimonio, imagino. No es necesario que les informe yo de esto. – Sonrió sin malicia.
- Pero sí lo es que reconozca haberlo hecho, hermano Pedro. Y usted dice que Dios le ha revelado que Su Hijo no cargó con su cruz, la cruz en la que moriría por todos nosotros sino que, por el contrario, llevó en sus hombros un saco de judías con un número por determinar de ellas y que era esa cifra la que tenía que encontrar, ¿es eso correcto? – dijo irónicamente con una sonrisa plena de malicia.
- Sí, 16.000, para ser exactos.

En ese momento, los miembros de la Inquisición rieron a mandíbula batiente como hienas satisfechas de su presa. Se rehicieron mientras los hermanos de Pedro murmuraban llenos de miedo por lo que le pudiera pasar. Y Su Señoría tomó de nuevo la palabra para decir, no sin sorna:

- ¿Y porqué judías y no cualquier otra cosa?
- ¿No era acaso Jesús un judío? Los judíos se mofaron de él como ahora ustedes se mofan de mí- dijo sin perder la sonrisa, lo que enfureció tanto al Juez que ni siquiera le escuchó añadir- la simbología es evidente, querían que sufriera como judío, no como el Cristo que era.
- ¡Sois un hereje! – vociferó- os estáis riendo de nosotros. Mañana mismo seréis quemado fuera de este recinto sagrado al que ya no pertenecéis, por lo que también fuera seréis enterrado. Vos sí que cargaréis con un saco de 16.000 judías hasta la pira y vos mismo os encargaréis de contarlas. Se quemarán también los libros con los que ha trabajado y sus cábalas – subrayó con desprecio-. Todo ello mañana a primera hora.

***

Al día siguiente Pedro ya había llenado un enorme saco de judías, sumido en sus oraciones y en la oscuridad del seno de Dios. Sonreía porque estaba cumpliendo su destino, y no le preocupaba el que, a fuera, le esperase el martirio. Con toda calma cosió todos los rotos y la abertura por donde introdujo las 16.000 judías: ni una más, ni una menos.  Por lo demás, estaba abrumado, según le dijo a uno de sus hermanos –el mismo novicio que le acompañaba y ayudaba, y que luego habría de guardar testimonio escrito de los hechos- porque casi iba a morir como el Hijo de Dios, que eso era demasiado para un pobre hombre.
Desnudo como el primer hombre, para que fuese evidente su vergüenza, le cargaron con el saco con los primeros rayos del día. Aquel esqueleto apenas forrado en piel que era por entonces Pedro, comenzó a arrastrarse penosamente hasta la pira. En silencio, como un alma en pena y de la que, sin embargo, él estaba por completo libre. Él miraba al horizonte en todo momento, los mismos montes por los que asomaba el mismo sol de cada día desde entonces e igual que entonces. Las mismas nubes por el sol desbordadas y abrazadas por los rayos del sol, rosas o naranjas... quién sabe... hasta acariciarle la cara, llevados de la mano por la brisa. Estaba en paz porque se sabía reconocido por Dios, en cada rayo y a cada momento, en cada paso cada vez más cerca de Él. Hasta que al fin, el saco cayó junto a la pira y su cuerpo, extenuado, detrás. Más sostenido ya por la fe que por la vida, le condujeron y ataron a la hoguera. La encendieron... Su cuerpo, sin duda pleno de fe, tardó mucho tiempo en arder. Pedro no dejó de sonreírnos en todo momento.
Quiero dejar testimonio escrito de la Santidad de mi hermano. Mi hermano, sí, hijos no sólo del mismo Padre, sino de la misma madre. Todas las piras del mundo no lograrán que me avergüence de él. Quiero dejarlo escrito para que su Santidad no caiga en el olvido. Para que no quede sepultada por el silencio, sino gritada con el mismo silencio con que él murió... Sin embargo, no podré olvidar nunca que, en el último momento, me miró. No podré olvidar que, cuando tenía los ojos arrasados en unas lágrimas que no podrían apagar ese fuego, todavía podía reconocerse en ellos, en su mirada, a un simple hombre.
FIN