la seda de tus caderas
el reguero de mi saliva a través del pecho desnudo
el aroma de tus muslos
el sabor de la piel de tu espalda, de tu nuca
la ternura del cuello diáfano
la circunvolución de tu pecho
el calor de las ingles
el sudor tras las rodillas
el fulgor rosado de mejillas y labios
labios voluptuosos, lascivos y carmines
repletos de sensación y emoción.
un peregrinaje a través del paisaje que formas desnuda en mi cama
tendida con la conciencia difusa del despertar
en una soleada mañana de domingo
pugnando entrar entre las cortinas.
emprendo así un camino
por tus blancas tierras
la carne de mi paisaje amado
desde las montañas hacia la profundidad de sus valles
por la suavidad de sus tiernas curvaturas
el tránsito por una mujer elíptica como tú
con sus aromas y texturas
de una tierra fértil y árida, yerma y frugal
fresca y llena de vida como un valle pirenaico.
una tierra labrada ahora por mis manos
seguida al milímetro por las yemas de mis dedos
por cada rincón y cada pliegue
por cada lugar y paraje.
amparado por la penumbra de las cortinas
en un intento de que no despiertes para poder recorrerte mientras aun descansas.
no soy más que una gota de agua
recorriendo los campos suaves, calientes de tu vientre
pulsantes gracias a tus latidos
tranquilos en esta mañana.
la espalda girada en sí misma, los muslos brillantes
y tu belleza lasciva y clandestina, casi animal
comenzando a despertar, mirándome con descanso y ternura.
una tierra sabia como el hada que la habita
mi lengua es una pluma que escribe estos versos que anhelas con su saliva
sobre ti, muy despacio mientras percibo tus aromas.
como un rojo vino girando, lamiendo el cristal de una fina copa
ante mis ojos curiosos...
un peregrino que alcanzó su iluminación recorriendo tu piel de hermosa mujer
una mujer como la tierra misma
qué mejor manera para conocer el mundo entero que encontrarlo ante mí
esta mañana.
para poder recorrer todos los lugares que adoré en mi vida:
allí donde nací, me crié y me hice mayor;
allí donde me gustaría terminar acurrucado mis días de furia en este mundo tan duro.
apoyado en tu pecho.
qué lugar mejor para conocer el mundo entero
que las caderas de una doncella de la tierra tumbada en mi cama.
no me cabría mayor placer en la vida que el de escribir sobre ti tu poesía.
la lascivia que te recorre
no es más que la lujuria del camino que formas en mi mente.
las palabras se dibujan por tus muslos.
dolor sublime de caricias perdidas en blancos lugares.
caminando por tu paisaje, a través de valles encantados, colinas,
praderas, desiertos, oasis de saliva, fuentes...
el humedal más allá de tu vientre, tras las fronteras de tu cintura.
lugares de un mundo que te moldea en mi retina vibrante.
un viaje hacia la frescura de tus caderas.
el aroma de tus ingles más allá de los límites del deseo
un conjuro, un filtro provocador de lascivia ardiente y dolorosa,
como el labrar de tus uñas sobre mi cuello,
ya despierta.
devorándome como pago de mi cruel interés
de comer esos labios brillantes con la saliva que tu lengua provee.
la emoción presa que surge en la caricia,
en el recorrido de tus labios sabrosos por mi lengua.
una mujer repleta de amor demandado, eres.
la escritura que proveen mis manos
sobre el torso objeto de mi deseo
no podrá jamás satisfacerlo
por que no tiene límites.
tendida en la cama
de nuevo exhausta como un paisaje de otoño
eres el valle del Pirineo
al que peregrino hace meses.
que no haría por ver el fulgor de tus mejillas cabalgando en mi deseo,
la sangre rosando tu rostro con un anhelo colmado por mis manos,
la rojez del vino de tus labios en el brillo de la carne que adorna tu boca.
las mujeres viven para ser amadas.
amadas y recorridas por la pasión que generan.
hay versos en los pliegues de tu piel
esperando ser leídos
por aquel que los descubra.
por aquel que comprenda el lenguaje en el que los escribió tu alma,
sobre ti.
tu alegría de mujer es la vida del mundo, la energía que lo mueve
la que quisiera que me despertara,
cada domingo.
carlos g. torrico