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La fábula del Tarot (prólogo)


Esta historia que voy a contar ahora proviene de un viejo libro sobre este arte adivinatorio que encontré en una librería cercana a la calle de la Escalinata, una calle serpenteante que parte desde la plaza de Ópera en Madrid y en la que siempre encontré cosas interesantes y curiosas para leer e imaginar.

En uno de mis peregrinajes a la busca de libros sobre temas esotéricos que me llevan a documentarme acerca de quiromancia, temas egipcios, templarios y demás vertientes esquizofrénicas de mi curiosidad, fui a darme de bruces con el Tarot. Arte denostado donde los haya en los últimos tiempos a causa de esperpentos mediáticos, que siempre tuve reticencias a conocer al no indagar en su sentido más ilustrativo.
El título del viejo ejemplar, “Tarot y Arquetipo” de Alejo Ixca, me llamó la atención por su vinculación con Jung y esos arquetipos universales que según él predominan en todas las culturas.
Recuerdo bien como lo encontré gracias a mi afición a arrastrarme por el suelo para ver las pilas de libros menos accesibles a los perezosos. No era la primera vez que encontraba cosas interesantes por aventurarme más allá que la mayoría. Si hay que encontrar algo interesante, mi opinión es que hay que hacer lo que sea, incluido reptar.

Y allí estaba yo, con los vaqueros blancos de arrastrarme, olisqueando ese insalubre polvo probablemente lleno de ácaros y vete a saber que más...
El libro del que hablo no es un incunable ni nada por el estilo, es una edición de los años treinta no muy lujosa, aunque su título brillaba en el lomo llamando mi atención.
Me fijé en que el ejemplar en cuestión debía haber pasado cierto tiempo en algún lugar húmedo, a juzgar por las manchas de moho en su base. Al comprarlo, el viejo librero no le dio un lugar mucho más apropiado.
Supongo que me levantaría algo dolorido, con las piernas dormidas como suele pasarme siempre que ando rebuscando por los suelos. Lo que sí recuerdo era la expresión de aquel señor mayor al llevárselo para comprarlo. No entendía qué demonios hacia ese libro allí si la sección era de textos filosóficos (a ras de suelo, por cierto).

El Sr. Paulo era ya muy mayor. Bueno, espero que lo siga siendo por que no he podido volver a su tienda y espero que siga bien. Quizá si conocéis el lugar le hayáis visto hace poco. Yo le recuerdo con su pelo blanco y su gran nariz y una especie de chaleco de lana marrón que se ponía a modo de traje de faena y que le servía para lidiar con el frío que se colaba por la vieja puerta de madera negra del pequeño local.

Dejadme que describa un poco ese lugar tan especial. Tiene una fachada muy estrecha, con un escaparate de molduras negras, como la puerta. Es tan estrecho, que el ancho de la puerta se lleva poco con el del escaparate. Los cuatro estantes que  dan a la calle van cediendo poco a poco al peso de los libros. Estos son muy heterogéneos y están todos de canto, no hay ninguno que deje ver su portada, como incitando a entrar para descubrirlos más allá de sus títulos. Los cristales de la puerta están casi tapados con un par de cartelones; uno de una pasada feria de libros en Alemania y otro de un antiguo espectáculo circense.

¿Y cómo es por dentro? Un completo caos en orden. Escribí a cuenta de ello una especie de poema que decía así más o menos:
la estantería del caos
donde se apilan

diatribas de/mentes enfermas

sujetas al tiempo.

y sus límites

ordenan la debacle

sin saber

que mueren sin comprender

lo que encierra un círculo.

El caso es que da un poco de angustia el lugar, porque esta lleno de estanterías de arriba abajo, pero muy bajo, y casi no te puedes girar entre ellas, teniendo que salir a la entrada para cambiarte de lado y poder ver el estante que tienes detrás.
Además de libros, el buen hombre tiene algunas antigüedades, grandes láminas de arte moderno, una vieja lámpara, tinteros, un teléfono de esos de que salen en pelis antiguas...

Pero estábamos en que yo tenía el libro en la mano y el abuelo con su ceño fruncido, como cabreado por no tener ese libro ordenado en su caos.

Quizá estaría bien que ahora os contara algo sobre una interesante conversación en la que el adorable anciano me explicó como llegó ese libro a sus manos:
Cómo una tarde lluviosa de hacía muchos años conoció a una extraña mujer que vino a vendérselo y que le contó cómo lo había traído de Méjico, lugar donde se tradujo la versión francesa que a su vez escapó de milagro a las quemas de libros esotéricos de la Alemania nazi.
Cómo su texto habría sido elaborado por una  sociedad secreta llamada Los Hijos del Dios Abraxas, de la que formaban parte genios del pensamiento como Carl Gustav Jung y Richard Wilhelm, que habrían colaborado en su redacción aportando su gran conocimiento de la simbología del Tarot, del inconsciente colectivo y las grandes corrientes de pensamiento orientales, aparte de la psicología del inconsciente.
Cómo esa sociedad era heredera de La Sociedad de la Niebla, de la que varias décadas antes el mismísimo Julio Verne habría recogido la privilegiada información tecnológica para sus escritos.

Es muy probable que una historia así os colmara de interés despertando vuestra curiosidad, deseando que desmenuzara los pormenores del viaje de esos conocimientos a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Y si bien es cierto que lo haré, mi conocimiento del tema se va a limitar a lo que leí en la introducción del libro porque nunca existió tal mujer ni tal historia tras ella y el texto.
Y si bien es cierto que Jung y Wilhelm sabían mucho de estos temas, esa sociedad nunca existió. Aunque os puedo recomendar libros suyos que nos hablan de Alquimia y antiguos y enigmáticos textos chinos.

Sinceramente os digo que la realidad a veces supera la ficción.
En el caso de Verne sí que se cuenta que perteneció a esa Sociedad de la Niebla Y que de ahí viene el nombre de Phileas Fogg, por ejemplo. (Fog=niebla en inglés).

Pero no os vayáis a creer que la historia que encontré en ese libro de edición mejicana y que os voy a contar desmerece en algo la ficción que os acabo de mostrar.
He de reconocer que el Sr. Paulo me vendió barato el libro. La verdad es que sin ser de edición lujosa, su temática me hizo tratarlo como un tesoro que guardo en mi exigua biblioteca. La adaptación del Sr. Ixca es, según cuenta en la introducción al libro, de un texto atribuido a Saint-Germain que sin embargo él reduce a una tradición oral recogida por la corriente ilustrada francesa del siglo dieciocho.
Así que los textos tratan sobre las tradiciones sobre el Tarot de la época anterior al auge parisino y bohemio de este arte en el siglo diecinueve.

La introducción nos lleva al supuesto origen del Tarot como contenedor de secretos arcanos de la civilización egipcia y de cómo a través del tiempo y de los períodos clásicos pervive contenida no se sabe cómo hasta la Europa medieval.
El caso es que hasta que alguien diseña las cartas que todos más o menos conocemos allá por el mil seiscientos y pico, circularon entre las gentes que vivían alrededor de nuestras catedrales en construcción un montón de cuentos e historias que se contaban a los niños muy inocentemente que sin embargo consiguieron al parecer, perpetuar ese conocimiento esotérico hasta que algún iniciado pudo plasmarlos en un inocente juego de naipes. Y son esas historias primigenias las contenidas en el libro adaptado de Ixca.
Como podréis entender, no aspiraba encontrar semejante tesoro por dos mil pesetas de las de antes. A mí, que empezaba a interesarme por estos temas tras salir rebotado de la Facultad de Historia, me hubiera bastado con algo más explícito, pero he de confesar que leer todo aquello me preparó para comprender mejor tanto las cartas como otras artes y otros símbolos que nos parecen tan cotidianos pero que son tan extraños para nosotros realmente.
Todos estos símbolos llenan las catedrales, los cuadros de los museos, la literatura y hasta la publicidad que nos tragamos cada día. Pero voy a proseguir con el relato de cómo fui descubriendo estas historias.
Recuerdo que compré el libro un martes y que me encerré el fin de semana tras haber conseguido una baraja del Tarot para intentar seguir los relatos. Esto es una cosa que os recomiendo, ya que en el texto transcrito voy a incluir en números romanos y entre paréntesis el número del arcano correspondiente de los veintidós. Como sucede en el libro de Ixca señalando su aparición. Si bien es cierto que algunos se refieren a personajes, otros lo harán referidos a situaciones.

Si habéis aguantado con expectación hasta este punto es sin duda por que merece la pena mostraros alguno de estos antiguos cuentos para niños.
En esta ocasión voy a coger el de estructura más sencilla, que según Ixca y cualquiera que lo siga por su sencillez recorre los arcanos mayores en sentido ascendente desde el cero (-) al veintiuno (XXI). Si bien este es el más simple por ser lineal y consecutivo, pronto os iré transcribiendo otras historias en la que participan los arcanos sin un orden aparente, aunque como podréis comprobar, muchos cuentos populares que todos conocéis contienen esta simbología oculta en sus personajes y sus situaciones. Y me jugaría algo a que muchos han sido adaptados a la luz de estos arquetipos.
Comenzaré copiando literalmente la pequeña introducción y luego el cuento:

El texto que reproduzco a continuación forma parte de los más sencillos y dirigidos no sólo para adiestrar a los más pequeños, sino también a unos adultos muy empobrecidos culturalmente en su época.
La tradición esotérica que contienen conformarán no sólo la formación del arte del Tarot con sus arcanos, sino parte de la base de la propia cultura Europea de la Edad Moderna a partir del Renacimiento y la Ilustración.

Cuento número uno:
En un amanecer tras la noche de San Juan...

 

carlos g. torrico