En las tierras del norte, había un monasterio budista al que jóvenes de todo el país acudían para aprender los secretos del Zen. Entre ellos se encontraban algunos aspirantes a grandes guerreros, que eran enviados por nobles familias para su formación como futuros Shogun. Uno de estos jóvenes era Aoki.
Aoki era muy joven aún y llevaba poco tiempo en la disciplina del monasterio. Se entrenaba horas y horas con su bella espada y a veces se saltaba alguna de las enseñanzas de su maestro, el sabio Shigematsu. Debido a su indisciplina, el maestro ordenó al joven trabajar cortando leña durante todo un día para su escarmiento, sin embargo a Aoki le gustaba aquello porque se parecía a practicar con su espada.
Así que por la mañana temprano, el joven agarró el basto mango del hacha y se dispuso a golpear el primer pedazo de madera. Al alzar el hacha sintió un enorme dolor en la mano derecha que le hizo soltar el hacha inmediatamente. Cuando miró su mano se dio cuenta de que estaba completamente ensangrentada y que una enorme astilla se le había clavado en la palma de la mano. El dolor y la angustia de verse herido hicieron que el joven intentara arrancársela , consiguiendo que una pequeña parte de ella quedara dentro de la carne de la palma. Corrió entonces a buscar un poco de agua para poder limpiar la sangre de la herida y vio entonces cómo el resto de la astilla se había quedado alojada en su mano produciéndole un gran dolor y la imposibilidad de cerrarla.
Debido a su orgullo, Aoki ocultó su herida con un paño y prosiguió penosamente su tarea para que su maestro no se enfadara con él. El viejo Shigematsu acudió a ver a su discípulo al mediodía percatándose de que algo le pasaba en la mano que no le dejaba cortar la leña adecuadamente, pero al darse cuenta de que era el orgullo el que obligaba al joven a comportarse así decidió seguir su camino sin prestarle mayor atención.
Era un fresco día de marzo en las montañas y el anciano se acercó a contemplar las flores de los cerezos, en busca de la de más belleza y blancura. Pero no pasó mucho tiempo antes de que el joven Aoki se le acercara pidiendo perdón y ayuda. La mano le dolía a horrores y reconocía su falta al no informar de su lesión a su maestro, encargado de su cuidado.
Shigematsu, menudo y recio, sujetaba ante sí la magullada mano del fuerte y humillado joven. La herida había dejado de sangrar a causa del vendaje y la piel se había plegado sobre ella cerrándola y dejando la astilla dentro de la mano. La miró un momento mientras fruncía su arrugado y potente ceño pensando en una solución al problema del joven y su mano. La herida había empezado a hincharse un poco. El maestro mandó cruelmente al joven que volviera a su trabajo y que la mañana siguiente siguiera cortando leña.
Y así lo hizo. Comenzó un nuevo día y el joven fue a seguir con su trabajo. Sin embargo, al mediodía la herida se había hinchado ya considerablemente volviéndose de un color purulento. Fue entonces cuando acudió de nuevo a pedir ayuda a su maestro.
La herida se había cerrado, pero la astilla seguía ahí y había generado una infección que hinchaba la mano de Aoki. Fue entonces cuando el maestro decidió ayudar al joven noble. Le pidió que le siguiera a la armería donde había confiscado la hermosa espada que le regaló su padre. Shigematsu cogió ésta y se dirigieron al jardín de piedras de la entrada del monasterio, donde el anciano daba normalmente sus enseñanzas.
Allí, bajo los cerezos en flor y las piedras ordenadas en círculo a su alrededor, el maestro sostuvo la mano herida mientras alzaba la afilada espada sobre ella.
Aoki tenía mucho miedo, empezó a implorar a su maestro que no le cortara la mano, que sentía lo sucedido, su indisciplina...
Pero Shigematsu dejó caer la hoja de la espada sobre la palma. Pero no le cortó la mano sino que paró el filo justo cuando tocaba la piel abriendo una invisible grieta en ella. Clavó la espada en el suelo y agarró con ambas manos la mano del joven. Y apretando, salió la astilla por la fina brecha ayudada por el purulento humor que había hinchado la piel de la mano, dejando la herida limpia sin resto ninguno de madera dentro de la mano. El joven, muy asustado, cayó al suelo mientras miraba su mano, la había dado por perdida a causa de la herida, había pensado que el cruel anciano iba a cortársela para escarmentarlo, pero no fue así.
Fue entonces cuando el viejo Shigematsu, con una fina sonrisa en su arrugada cara le explicó cómo la mano no había estado preparada para expulsar la astilla el día anterior y como sólo al día siguiente, tras haberla rodeado el propio cuerpo, podía ser expulsada. El joven comprendió entonces la sabiduría de su maestro y la de su propio cuerpo y alcanzó con ello la iluminación.
carlos g. torrico |